Inteligencia Artificial en Medicina

Cuando la máquina aprende a leer el dolor que no se puede decir

Dr. Marco V. Benavides Sánchez. Medmultilingua.com /

Hay una pregunta que los médicos especialistas en geriatría llevan décadas intentando responder con herramientas insuficientes: ¿cómo sabes cuánto dolor tiene alguien que ya no puede decírtelo?

Un paciente con demencia avanzada que aprieta los puños. Una señora que deja de comer sin razón aparente. Un hombre de ochenta años que de pronto se niega a caminar. Detrás de cada uno de esos comportamientos puede haber dolor, pero el dolor callado es, por definición, el más difícil de tratar. Durante mucho tiempo, la medicina dependió casi exclusivamente de la palabra del paciente para evaluar lo que sentía. Hoy, la inteligencia artificial está abriendo una puerta que nadie esperaba encontrar tan pronto.

Un campo científico en ebullición

Una revisión publicada en la revista Artificial Intelligence in Medicine, elaborada por los investigadores Rhoda Ilenwabor, Mohammed Mohammed y Nataly Martini, sistematizó por primera vez el estado global de esta disciplina emergente. Analizaron 96 estudios realizados entre 2014 y 2025 sobre el uso de inteligencia artificial para evaluar y manejar el dolor en adultos mayores. El panorama que describen es el de un campo que crece rápido, con hallazgos prometedores, pero también con lagunas preocupantes.

Los modelos de IA estudiados se dedican principalmente a dos tareas: predecir cuándo un paciente va a experimentar dolor antes de que ocurra, y clasificar el tipo o intensidad del dolor a partir de datos que ya existen. Juntas, estas dos funciones concentran más del 75% de toda la investigación. La herramienta tecnológica dominante sigue siendo el machine learning clásico, presente en casi tres cuartas partes de los estudios, lo que habla de un campo que todavía prefiere la solidez a la sofisticación.

Leer el rostro, interpretar el cuerpo

Una de las líneas más fascinantes de esta investigación involucra algo que los humanos hacemos de manera intuitiva, pero imperfecta: leer el dolor en la cara de otra persona. Los sistemas de análisis facial entrenados con inteligencia artificial pueden detectar pequeñas expresiones faciales que ocurren en fracciones de segundo y que escapan a la percepción consciente incluso de los clínicos más atentos.

Este tipo de tecnología no es trivial en un contexto donde el deterioro cognitivo afecta a millones de adultos mayores en todo el mundo. En México, se estima que más de un millón de personas viven con alguna forma de demencia, cifra que seguirá creciendo conforme envejece la población. Para muchos de ellos, el lenguaje verbal ya no es un canal confiable. La cámara de un dispositivo, en cambio, puede ser un testigo más fiel.

Más allá del rostro, los modelos de inteligencia artifical analizan secuencias de video para detectar patrones de movimiento, cambios en la marcha o posturas de protección que el cuerpo adopta automáticamente cuando algo duele. Son señales que el cuerpo emite sin permiso, lenguaje físico que la inteligencia artificial está aprendiendo a traducir.

El envejecimiento no es solo tener más años

Aquí es donde el entusiasmo tecnológico necesita frenarse un momento para hacer una pregunta incómoda: ¿estos sistemas realmente entienden lo que significa el dolor al envejecer?

La revisión es clara al respecto: la mayoría de los modelos no fueron diseñados para capturar las particularidades fisiológicas del envejecimiento. Envejecer modifica la manera en que el sistema nervioso procesa el dolor. Introduce el consumo simultáneo de múltiples medicamentos que interactúan entre sí de maneras impredecibles. Agrega fragilidad, enfermedades que se presentan en este período, variabilidad de los estados de conciencia. Y suma además algo que con frecuencia la ciencia olvida: las diferencias culturales profundas en la forma de expresar el sufrimiento.

Un algoritmo entrenado con datos de pacientes anglosajones, relativamente jóvenes dentro del espectro de la edad avanzada y sin deterioro cognitivo severo, no se puede simplemente traspolar a una clínica del norte de México y esperar los mismos resultados. Los datos de los que aprende la inteligencia artificial no son neutros: reproducen los sesgos de quienes los recolectaron.

Lo que falta para que esto funcione de verdad

El estudio no termina en el diagnóstico. Propone también el camino. Para que la inteligencia artificial sea genuinamente útil en este contexto, se necesitan cohortes (grupos de la población que comparte una determinada característica demográfica en un período de tiempo determinado) más grandes y verdaderamente diversas, que incluyan adultos muy longevos, personas con deterioro cognitivo avanzado y poblaciones históricamente subrepresentadas en la investigación biomédica. Se necesitan modelos que incorporen las dinámicas del envejecimiento, no que las ignoren. Y se necesita validación clínica rigurosa antes de que cualquier herramienta llegue a una sala de hospital o a una residencia de adultos mayores.

El paciente con dolor merece ser escuchado

El dolor en la vejez no es un dato secundario ni un efecto inevitable del tiempo. Es una experiencia que erosiona la movilidad, fragmenta el sueño, oscurece el ánimo y reduce, a veces de manera irreversible, la independencia de una persona. Ignorarlo o manejarlo mal tiene un costo humano que no aparece en ninguna estadística.

La inteligencia artificial no va a resolver esto sola. Pero si se construye con rigor, con diversidad y con las personas mayores genuinamente en el centro, podría convertirse en algo que la medicina ha necesitado siempre: un oído más fino para escuchar lo que el paciente con dolor no puede decir con palabras.


Referencia

Ilenwabor, R., Mohammed, M., & Martini, N. (2026). Artificial intelligence in pain assessment and management for older adults: A scoping review. Artificial Intelligence in Medicine, 179, 103455. https://doi.org/10.1016/j.artmed.2026.103455


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